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María Soledad y los hijos del poder

Se cumplen 30 años del crimen de María Soledad Morales, el asesinato que le costó el cargo al gobernador de Catamarca y desnudó la connivencia entre políticos, policías, jueces y empresarios.

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En la provincia de Catamarca hubo un antes y un después del crimen de María Soledad Morales, una joven de 17 años que fue violada y asesinada después de ir a bailar el sábado 8 de septiembre de 1990 con un grupo de amigas y su novio, Luis Tula, 12 años mayor que ella.

A las nueve y media de la mañana del lunes 10 de septiembre de ese mismo año, dos obreros de Vialidad Nacional encontraron sobre la ruta 38 el cuerpo semidesnudo de una mujer que había sido violada. Los restos estaban quemados con cigarrillos, sin orejas ni un ojo, con la mandíbula fracturada, con el cráneo apastado y sin cuero cabelludo.


Su padre apenas pudo reconocer el cadáver por una pequeña cicatriz en la muñeca izquierda. Y por si poco fuera, la autopsia probó que la muerte se debió a un paro cardíaco causado por una sobredosis de cocaína. El hallazgo se produjo a seis kilómetros del centro de San Fernando del Valle de Catamarca, solo puede reconocerse por un monolito despintado.

La religiosa Martha Pelloni, rectora del colegio al que asistía María Soledad, lideró las incansables marchas de protesta que, con el tiempo, se multiplicaron en otras provincias, hasta llevar el caso al ámbito nacional y terminó con la renuncia del entonces gobernador Ramón Saadi y la intervención de la provincia.

Rápidamente la investigación del homicidio apuntó contra los llamados “Hijos del Poder”, que eran Pablo y Diego Jalil, sobrinos del entonces intendente local, José Jalil; Guillermo Luque, hijo de un diputado nacional, y Luis Tula, novio de la joven asesinada.

8 años después de concretado el asesinato, Luque fue condenado a 21 años de cárcel por asesinato y violación, mientras que Tula recibió 9 años de pena por ser encontrado partícipe secundario de ese abuso sexual.

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Estos no son los políticos que necesitamos

Un diputado pone una gigantografía en plena sesión. Otro besa los pechos de su mujer en cámara. Otra reclama por la presencia de una diputada que hace ¡9 meses! que terminó su período… La gran mayoría de la clase política argentina da pena y son un fiel reflejo de por qué el país está como está.

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Escena 1: el diputado del Juntos por el Cambio, Esteban Bullrich, deja una gigantografía mientras sus compañeros de recinto hablan en las sesiones telemáticas que tantas discusiones trajeron. Se oculta detrás de la gigantografía para hacer otros quehaceres mientras debía estar trabajando.

Escena 2: el diputado del Frente de Todos, Juan Ameri, recibe a su esposa en su casa. Ella se sienta en su falda en plena sesión y el comienza a besar sus pechos con asombrosa fogosidad frente a la cámara.


Escena 3: la extitular del INADI, María Rachid, cuestionó el tratamiento que tuvo el papelón del diputado Ameri a los gritos y en televisión. En el fragor de la discusión, reclamó la ausencia de Elisa Carrió en las sesiones, ¡quien hace 9 meses! que ya no es diputada.

Los tres ejemplos sirven solamente para graficar escenas diarias de la gran mayoría de la clase política argentina. Personas con poca formación, de poco velo intelectual, que banalizan su trabajo y solamente buscan beneficios propios sin recordar que la política debe utilizarse como una herramienta de ayuda al prójimo.

Acaso por eso el país está cada vez peor. Por una clase dirigencial que no hace más que buscar el beneficio personal sin que nada le importe y que, además, no tiene el mas mínimo decoro en guardar un mínimo de respeto hacia quienes los pusieron en ese lugar. La clase política da vergüenza ajena. Y propia también.    

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Mercado Libre: ¿puede detener las estafas?

El robo de una computadora de 140.000 pesos a un joven que la había comprado por Mercado Libre desnudó los problemas de seguridad con los que convive la empresa durante los repartos. ¿Es posible controlarlos o se les fue de las manos

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“Invertí todos mis ahorros para comprar una computadora que me salió 140.000 pesos para la facultad y me estafaron. Me mandaron una botella de licor”. El mensaje de un usuario de Twitter denunciando, con dolor, desazón y tristeza, que fue estafado por mercado libre no hace más que alimentar el debate acerca de la confianza que generan las compras virtuales en Argentina.

La pandemia hizo que las compras por internet se disparen en los últimos seis meses y también las estafas. El ejemplo de este joven es simplemente uno de los tantos estafados que compraron teléfonos, computadoras y cualquier tipo de electrodoméstico.


¿Puede Mercado Libre terminar con las estafas? La respuesta es incierta. La empresa garantiza la entrega, aunque nada dice en torno al contenido. La relación vendedor-comprador-entrega se transformó en un dolor de cabeza cuando el producto no llega y la responsabilidad es difusa.

Más allá de eso, la empresa tiene como política devolver el dinero en caso de tener algún conflicto, aunque los reclamos muchas veces no llegan a buen puerto. ¿Le quita credibilidad a Mercado Libre cada uno de estos hechos?

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Rosario, entre la pandemia, la inseguridad y el humo

A los efectos de la pandemia en Rosario se les adhiere una ola de violencia descomunal, y un humo que continúa siendo irrespirable.

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El sosiego en Rosario es inviable. Amén de permanecer sometida a los vaienes epidemiológicos y sus secuelas, la ciudad continúa condicionada por la tremebunda inseguridad que es noticia cada día, y por el humo de las islas del Paraná, que no da tregua y damnifica tanto a los humanos como a la naturaleza. Son los 3 factores determinantes que incrementan la incertidumbre y la angustia.

En torno a la pandemia, la tercera ciudad más poblada de Argentina lleva reportados 13.115 contagios oficiales, en el marco de un sistema sanitario al borde del colapso, y con permanentes restricciones sociales. Apenas se puede salir a caminar y son variados los sectores que no pueden trabajar. En tanto, el rubro gastronómico implementa meramente los envíos a domicilio y el «take away».


Pero el coronavirus no es la única razón que pone en alerta a los ciudadanos a la hora de andar por la vía pública. En todo el 2020 hubo 150 homicidios. La última víctima se llamaba Sebastían Cejas, un muchacho de 38 años que fue baleado en la puerta del hospital Español, cuando esperaba, junto a su mamá, que su papá saliera de una sesión de diálisis. El «oso», como lo apodaban, es una víctima más de una sociedad violenta y despiadada.

Como si faltara más, las vías respiratorias de los rosarinos se ven afectadas por el humo que sigue surgiendo de las islas del Paraná. El asunto tomó dimensión nacional y pone en jaque al medio ambiente. En tanto, los incendios no cesan y más de 50 brigadistas prosiguen en búsqueda de aliviar la situación.

Resulta contraproducente, pero aunque se recomienda salir a correr para mejorar el sistema respiratorio, el humo lo damnifica, y a su vez, está prohibido con motivo de disminuir la circulación viral. O sea que la ciudad está entre la espada y la pared, inmersa en un contexto desfavorable y enrevesado, cuyo mejoramiento dependerá de un cúmulo de factores que deberán modificar sustancialmente la atroz realidad.

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