martes 05 de julio de 2022 - Edición Nº1308

Opinión | 1 mar 2022

Domesticando violadores


¿Conoce usted el experimento del perro de Pavlov? Un plato de comida bastaba para que su perro salivara, pero ¿qué pasaba si a ese estímulo se le agregaba uno nuevo neutro? Durante semanas, Ivan Pavlov hizo sonar una campana antes de alimentar al canino, asociando así el sonido con el alimento. Con el correr de los días, logró que su perro salivara tan solo al escuchar la campana, aunque la comida no estuviera presente, demostrando de esta forma que se puede condicionar respuestas entrenando a un ser vivo para que reaccione de forma automática ante un estímulo repetitivo.

¿Debemos hacer lo mismo con los violadores?

Seis hijos de puta violaron el lunes pasado a una chica adentro de un auto, en Palermo, a las tres de la tarde. Se turnaban. Dos hacían de campana afuera, tocando la guitarra para que nadie sospechara y luego intercambiaban posiciones.

Los medios titulan ‘violación en manada’, como si se tratara de animales. Y a los pobres animales siempre se los usa para ejemplificar lo peor de las conductas humanas. ‘Ni los animales hacen eso’, ‘me dejaste tirado como a un perro’, o mismo el término ‘animal’ utilizado como insulto, entre otras.

No, no violan en manada, violan en grupo y bien organizados. Porque no vaya usted después a creer esto de que lo hicieron porque estaban drogados, alcoholizados o no sé qué. Estos hijos de puta -disculpen, pero hoy no me desperté con ganas de buscar sinónimos- sabían perfectamente lo que hacían y fueron a por ello.

En grupo todo es más sencillo. No solamente para accionar, sino que también lo será al momento de repartirse culpas. Tener cómplices hace parecer que lo que estoy haciendo no es tan malo al fin. Si somos seis personas que nos pusimos de acuerdo para hacer algo donde en ningún momento ninguno de nosotros se opuso o esbozó una voz de alto, entonces no debe estar mal. Todo será menos grave en grupo porque tengo pares que me avalan el accionar, ya sea reventarles la cabeza a patadas a un pibe entre diez hasta matarlo o violar entre cinco a una chica en la calle en plena fiesta de San Fermín.

Pero ¿qué hace la sociedad? Lo suaviza. Le baja el precio diciendo que lo que hicieron fue ‘en manada’, como si no fueran seres humanos pensantes, como si se dejaran llevar por un instinto animal que no tienen, como si no tuvieran raciocinio y pudieran determinar lo que está bien y lo que está mal. No, no son animales, son hombres nacidos y criados en una sociedad que les permite tomar y poseer a una mujer como un objeto adentro de un auto, a plena luz del día, en unos de los barrios más concurridos de la capital. ¿Por qué? Porque saben que pueden. Y lo saben, por eso no son animales. No son el perro de Pavlov al que hay que domesticar.

Me niego a hablar de ellos como animales. En tal caso incluso creo que le debemos una disculpa al reino animal por semejante comparación. ¿Qué culpa tienen los animales para que siempre los comparemos con lo más miserable del ser humano?

Me niego a sacarle gravedad al hecho y a utilizar términos políticamente correctos que los exima de culpa alguna. Los voy a llamar por lo que son, y no son animales, son VIOLADORES.

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