Opinión

Periodismo de poca monta: merecemos mucho más que esto

La pobrísima imagen del periodismo deportivo en Argentina es preocupante. Discusiones, gritos, show y cada vez menos análisis enriquecedor.

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El jueves por la noche River se consagraba campeón. Levantaba, una vez más, un trofeo entre cantos y festejos. Se escribía el duodécimo título en el palmarés de Marcelo Gallardo, y se sumaba, también, una nueva final. Doce finales de dieciséis disputadas, todo esto en casi siete años. Una máquina.

Aproximadamente diecinueve horas después, en uno de los programas deportivos más vistos de la tv, se debatía cuáles títulos valían más, si los de Bianchi o los de Gallardo. A los gritos, como siempre.


Sin embargo, cuando River no está disputando una final, incluso cuando quizás no hay fútbol hasta el fin de semana, los debates son los mismos. Si River o Boca, si Madrid mata descenso, si Bianchi mata Gallardo, si Alonso mata Riquelme, si campeonato local mata internacional, si piedra mata tijera…

Y todo es debatido en un clima de extremos totales porque siempre, no importa qué, hay que elegir y hay que ponerse en una vereda. No hay foro de debate para enriquecerse del pensamiento ajeno ni para tener una amplitud en el pensamiento y en la perspectiva. Escuchan (si es que logran hacerlo entre tanto grito) para contestar, no para entender.

Hacen del fútbol un enfrentamiento bélico, literalmente bélico, porque el término que siempre usan para adjetivar un partido de fútbol entre River y Boca es ‘guerra’. Los mismos que después acomodándose la corbata hablan sobre la falta de público visitante en el fútbol argentino, el comportamiento de los hinchas, la violencia a erradicar y no sé qué.

Ustedes dirán, ‘no lo veas, no lo consumas’. Claro, no lo hago. Los programas llamados ‘deportivos’ son actualmente, y hace largo rato, juntadas de amigos y conocidos que, post asado y mucha cerveza, están de sobre mesa charlando de sus equipos. Con la diferencia que mis amigos no estudiaron comunicación ni son periodistas, ni tienen por qué usar términos correctos al hablar, ni ser respetuosos porque no están saliendo al aire para miles de personas, ni sacarse ninguna camiseta para opinar, ni operar para nadie.

Pero no se puede ignorar que las redes sociales, sobre todo Twitter, se han convertido en una especie de ‘resumen de la tv’ en donde siempre terminás consumiendo, por más mínimo que sea, eso que no sintonizás en tu casa. Y así las cosas.

Hace años pero fundamentalmente estos últimos, los debates son de cualquier asunto menos de fútbol. No hay nada menos deportivo que un programa de periodismo deportivo actual. No hay análisis sobre el deporte -con suerte unos minutos- el resto gira siempre alrededor de actores principales que forman o formaron parte de la historia del mejor deporte del mundo, pero que en nada aportan o enriquecen en un debate actual. ¿Cómo puede ser que cada dos o tres meses se saque a flote la discusión sobre si Menotti o Bilardo? Como un comodín, como si fuese por ley que cada tanto tiempo determinado tenemos que volver a preguntarles a los argentinos si uno o el otro. Y siempre las mismas frases, y siempre las mismas respuestas, y siempre las mismas encuestas, las mismas fotos, los mismos videos, las mismas anécdotas. O si 4-3-3 o 4-4-2. Si Messi o Maradona. Como si la vida se debatiera siempre entre una cosa o la otra, como si no hubiera aristas. Como si siempre uno estuviese obligado a elegir. Como si nos quejáramos, todos, de que hay una grieta en nuestra sociedad pero de igual modo seguimos haciendo divisiones permanentemente.

Ese periodismo deportivo actual es lo menos aspiracional para un estudiante, o para un recibido. O para mí. No enaltece, no enriquece, no enseña, no forma, no educa, no comunica, no respeta. No sirve. Y desanima.

Creo que los hinchas del fútbol argentino se merecen más. Incluso creo que se merecen todo por la pasión, una pasión que es intransferible y nadie puede copiar en ningún lugar del mundo. No como la nuestra.

Creo francamente también que los hinchas de River y los de Boca se merecen más que un enfrentamiento permanente reducido a ‘ellos o nosotros’. ¿No estás cansado? Sos hincha de River o de Boca, los clubes más importantes a nivel nacional, con mucha historia, y siempre estás escuchando como en un loop si tú DT o el de ellos, o que tu entrenador siempre se está por ir, que no se sabe si renueva, o que hay una crisis. ¿No estás cansado de que recién jugada la primera fecha se debata si puede haber superclásico más adelante?, ¿no te agota, como en la copa pasada, que tu equipo no haya jugado todavía la semifinal y digan que se va a dar una nueva final histórica, para encima después haber quedado afuera ambos y que se debata, de todos modos, quién la hubiese ganado si se daba?, ¿No se sienten ninguneados los otro clubes del país de los que nadie habla nunca?, ¿No estás cansado de que te lleven siempre de las narices a discutir lo que ellos te proponen como si no hubiese otra cosa por charlar?, ¿No estás harto de que todos los temas sean determinantes, de vida o muerte?

Merecemos todos más que eso. Mucho más que eso. Merece -y debe- el periodismo hacer una introspección y autocrítica de lo que está haciendo, hace rato, con la profesión. Entiendo que no estoy descubriendo nada nuevo, entiendo cómo los grandes medios de comunicación y las empresas arman este tipo de periodismo, que dejó de ser periodismo y es más un show televisivo producido específicamente para entretener. Pero también creo, quizás desde la ingenuidad e incluso con bastante desánimo, que otro periodismo es posible, que se puede hacer algo mejor sin dejar de entretener y dándole al deporte más lindo del mundo la calidad de análisis que merece. La responsabilidad es nuestra, emisor y receptor, comunicador y espectador. Depende de todos nosotros. El fútbol, no solo como mero deporte sino como el fenómeno sociológico que influye de manera determinante en la sociedad, merece algo más. El fútbol, esa religión que todo lo puede, lo merece todo, no esto.

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Opinión

Bolsonaro en declive: ¿se derrumba una mentira?

Brasil vive momentos críticos. Con casi 300.000 muertos por Covid-19, menos del 4% de la población vacunada, y sin rumbo político para enfrentar la crisis sanitaria, Bolsonaro sigue negando la situación y desconfiando de la evidencia científica. Pese a la creciente militarización, el pueblo salió a la calle reclamando medidas efectivas que lo protejan ante el virus.

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Como bien es sabido, Jair Bolsonaro y sus aliados hicieron uso y abuso de diversas técnicas para llegar al poder: apoyo irrestricto de los principales medios de comunicación y grupos económicos, “lawfare”, marketing político, complicidad de las fuerzas de seguridad, y un discurso con tintes “evangelistas” -pero a la vez promovía el odio- que interpeló a miles de brasileros.

Si bien, al principio, las cosas fueron fáciles –con índices de aceptación bastante altos-, poco a poco la verdad fue saliendo a la luz y la situación se empezó a complicar para el ex militar, a lo que se sumó la derrota de su “aliado” Donald Trump en Estados Unidos, el encarcelamiento de su aliada Jeanine Áñez en Bolivia y la caída de la causa armada contra el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva.


Pero sin dudas, lo que vino a “poner en jaque” su gobierno fue la pandemia del Covid-19, que tanto subestimó. Recesión económica y crisis social, que tienen como corolario cifras de muertos que crecen exponencialmente, son el resultado de una postura negacionista que Bolsonaro adoptó desde el momento uno, burlándose de los países que optaban por el confinamiento, como así también del uso obligatorio de mascarillas faciales.

Y lo que es peor: a más de un año del inicio de la pandemia, el primer mandatario brasilero sigue respaldando el uso de medicamentos que, según su parecer y contra toda evidencia científica, ayudarían a prevenir y/o derrotar al Coronavirus. Tal es el caso de la hidroxicloroquina, la ivermectina y la azitromicina.

No solo realizó enormes gastos –de más de 16 millones de dólares- en “kits preventivos” de dichos productos cuyos efectos positivos no fueron probados, sino que también se comprobó que esas preparaciones poseen efectos colaterales, contribuyendo así a aumentar los decesos. Provocan efectos secundarios como hepatitis, problemas renales, más infecciones bacterianas, diarreas, gastritis, arritmias cardíacas… Adicionalmente, la desinformación promovida por el propio presidente también contribuye a aumentar la sensación de protección en los pacientes, que recién acuden a los hospitales cuando su cuadro es crítico o irreversible.

La gran pérdida de tiempo y dinero dificultó de sobremanera la compra de equipos, vacunas, y la creación de un protocolo nacional con pautas unificadas a seguir en la lucha contra la pandemia y en el tratamiento de pacientes críticos. De hecho, en 2020 murieron el 80% de los pacientes intubados. Tampoco se previó la creación de más camas de cuidados intensivos, ni la provisión de medicamentos y tubos de oxígeno de reserva para dicha instancia, cuya falta acrecienta las muertes.

Lo cierto es que Bolsonaro atraviesa su peor momento: los ciudadanos, hartos, salieron a la calle –y continuarán haciéndolo- exigiendo un Estado presente y eficiente. La protesta social cobra cada vez más fuerza y los sueños de reelección del presidente -cuya imagen cae a pique- parecen derrumbarse. Aproximadamente 80 mil contagios diarios, colapso hospitalario, y una creciente percepción en la ciudadanía de pérdida de rumbo y falta de gobernabilidad, que Bolsonaro trata de palear ubicando cada vez más militares en los ministerios pintan hoy el cuadro del gobierno brasilero.

Paralelamente, Lula da Silva reaparece políticamente a nivel nacional e internacional, encarnando la esperanza de muchos brasileros y apelando a Joe Biden, Angela Merkel y Emmanuel Macron para que realicen una reunión del G20 en la que discuta “la democratización del acceso a las vacunas”, aunando esfuerzos, y buscando soluciones para el país.

La pregunta del millón es: ¿la continuidad del gobierno corre peligro o es sólo una tormenta pasajera? Lo cierto es que la derecha brasilera siempre ha demostrado tener un haz bajo la manga ¿será esta la regla o la excepción?

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Caso Maradona: cuando el periodismo cumple su rol, sirve

Las escuchas del Caso Maradona publicadas por el informe periodístico desarrollado por Infobae clarificaron quien era quien en el circulo íntimo de Diego y permitió esclarecer parte de su muerte. Morla, Luque y Stinfale, derecho a la condena social.

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“Periodismo es decir lo que no quieren que se sepa, el resto es propaganda”. En épocas donde la propaganda periodística ha superado largamente al periodismo de pura cepa, el extraordinario informe desarrollado por Infobae acerca de la muerte de Maradona realza las investigaciones periodísticas y reivindica el rol del periodista en la sociedad.

Las escuchas a las que tuvo el medio fueron tratadas brillantemente para clarificar quién era quien en el circulo íntimo de Diego. Aquella famosa acusación de que estaba sin poder de decisión quedó evidenciada tras varios minutos de audios, casi tanto como el rol de sus hijas y la lucha en vano por querer salvarlo y la decisión de Stinfale y Morla de lucrar con su figura encubiertos en falso amor hacia él.   


Los audios, llenos de desprecio en varias oportunidades, también dejaron expuestos al mediático doctor Luque, quien dejó en claro que su odio hacia Maradona era tal como para decirle “viejo de mierda, estás más solo que una araña, ni tus hijas quieren verte y no te podés ni parar”.

El rol del periodismo fue determinante para que la justicia actúe, más allá de la condena social que tendrán Morla, Stinfale y Luque. Para la opinión pública, los tres fueron responsables y tuvieron una incidencia directa en la muerte de Diego. Esta vez el periodismo abandonó su burguesía económica para buscar la verdad y aportare a la sociedad algo más que un puñado de noticias banales o falsas.  

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Opinión

Argentina, el país de la pseudoética y la doble moral

El escándalo de la vacunación VIP es un capítulo más de la frondosa historia de doble moral argentina. El juzgamiento de terceros es un deporte nacional en el país, llevando a los extremos el análisis de situaciones particulares sin ver más allá de lo que opinan los grandes medios de comunicación.

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“Antes de empezar a hablar quiero decir unas palabritas…”, dijo alguna vez Herminio Iglesias en la década del 80’. Yo antes de empezar a escribir quiero dejar aclarado que me parece un horror lo que sucedió con la denominada vacunación VIP, mucho más bajo el mandato de un gobierno que se jacta de ser “popular y nacional” y que busca la igualdad como bandera. Dicho esto, empecemos.

La vacunación VIP en el país es uno de los tantos errores que ha cometido el gobierno de Alberto Fernández. Un gobierno que ha tenido errores estratégicos, conductivos, políticos y sanitarios que le han costado al presidente perder considerablemente su impresionante capacidad de imagen positiva de un año a esta parte.


También es bueno consignar que el imperdonable error de Ginés y compañía, que, repito, está fuera de discusión, fue fogoneado desde sectores que hablan de una intachable moral como si fuesen los paladines de la moralidad.

¿Realmente creen que la oposición tiene autoridad moral para hablar como habla acerca de la vacunación VIP? Macri, Bullrich, Marcos Peña, Dujovne, Prat Gay (que también tiene el tupé de opinar de economía tras ser uno de los peores cuando le tocó tomar decisiones), Melconían y compañía, ¿se olvidan de lo que hicieron cuando fueron gobierno?

Les recuerdo. Endeudaron al país por el 95% del PBI, generando una deuda que pagarán los hijos de mis hijos (y no se si alcanzarán a hacerlo) con la intención de ganar una elección y beneficiando a sus amigos con la fuga de capitales más grande de la historia. Produjeron una estampida cambiaria, enojados por perder una elección. Aumentaron la inflación y la pobreza a niveles estratosféricos, diría el ya fallecido Carlos Saúl… y todo lo hicieron sin ponerse colorados.

¿Ellos son el estandarte de la moralidad argentina? ¿O los grupos de comunicación? ¿La Nación y Clarín buscan dar lecciones de moralidad? Ambos medios son un desprestigio para el periodismo nacional. No buscan la verdad periodística, busca atacar al gobierno de turno que no habilite negocios jugosos para las empresas periodísticas. Todo ello sin contar el rol estratégico que tuvieron durante el Golpe Militar de 1976.

¿Ustedes creen que si Néstor Kirchner habilitaba el monopolio de la provisión de internet a cada rincón del país al Grupo Clarín en 2007 la relación entre el kirchnerismo y Canal 13 sería la misma?  No lo puedo certificar, pero diría que no.

¿Ustedes creen que los periodistas que dan lecciones de moralidad no se vieron beneficiados al menos una vez por algún favor de un político? Un turno en el médico, un pasaporte, un turno para lograr el carnet de conducir, un contrato estatal, la pauta oficial o lo que se imaginen. La respuesta es sí, todos lo tuvimos, lo tenemos y lo tendremos, porque así es este país.   

Voy un poco más allá, si fueses ministro, ¿vacunarías a tus amigos, familiares o a quienes te ayudaron a llegar a ese puesto? La respuesta del 98% de los lectores apuesto que sería sí. O por lo menos lo sería de quienes contesten con sinceridad. Por eso creo que la situación desnuda una anomalía bien abordada por el presidente que desnuda la doble oral argentina.

Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago. Señalemos a quien se equivoca, pero no juzguemos sin antes tener una introspección sincera de lo que haríamos nosotros en un lugar semejante. La doble moral es un gran problema argentino, casi tanto como la inflación, la seguridad o la deuda externa. Lo peor es que ningunos de estos problemas parece tener solución en el corto plazo.  

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