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¿Y si hacemos un mea culpa?

Amén de las responsabilidades políticas, rige en la Argentina una carencia de autocrítica individual que agudiza aun más los contratiempos.

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La pandemia no es la principal causante de las dificultades padecidas por los argentinos. Sí es, en cambio, un factor determinante que las recrudece. Los contratiempos evidenciados en la economía nacional traen a colación un sinfín de causas, cuyos responsables son tanto políticos como ciudadanos. Si bien la mayor incumbencia radica en los funcionarios, el aporte o, en este caso el no aporte de la sociedad en diversos temas, es crucial para agravar los problemas cotidianos.

«Evitar que el sistema de salud colapse». Venimos oyendo esa frase desde que el virus comenzó a circular en nuestro país. Procuraban, por entonces, evitarlo las naciones europeas. Algunas lo lograron, otras no. Lo cierto es que si Argentina se encuenta hoy «al borde del colapso», se debe no solo a la impericia política, sino a la irresponsabilidad social y a otros motivos que acarreamos desde hace años.


El personal sanitario está subestimado. Sus roles, esenciales por cierto, no se dimensionan como corresponde. En consecuencia, y a partir del acrecentamiento de contagios en todo el territorio nacional, La Sociedad Argentina de Terapia Intensiva puso el grito en el cielo al emitir un comunicado que evidencia lo endeble que se encuentra el sistema sanitario:

«Los médicos, enfermeros, kinesiólogos y otros miembros de la comunidad de la terapia intensiva sentimos que estamos perdiendo la batalla. Sentimos que los recursos para salvar a los pacientes con coronavirus se están agotando. Los intensivistas, que ya éramos pocos antes de la pandemia, hoy nos encontramos al límite de nuestras fuerzas, raleados por la enfermedad, exhaustos por el trabajo continuo e intenso, atendiendo cada vez más pacientes.»

«Estas cuestiones deterioran la calidad de atención que habitualmente brindamos. Enfundados en los equipos de protección personal, apenas podemos respirar, hablar, comunicarnos entre nosotros. También tenemos que lamentar bajas, personal infectado y lamentablemente, fallecidos, colegas y amigos caídos que nos duelen, que nos desgarran tan profundamente»

Manifestaciones contra el poder de turno son usuales en la época que vivenciamos. Posiblemente ocurriría lo mismo si los gobernantes fueran de otra ideología política, pero a la inversa. Lo cierto es que siempre existe un sector de la sociedad que exterioriza su disconformismo. No obstante, la falta de mea culpa también resulta determinante.

Los mismos que cruzan en rojo, queman barbijos, tiran basura al suelo, se colan en la fila, no respetan los protocolos, etc, al final del día responsabilizan de todos los males a la clase política, que indudablemente muchísimas cuestiones debe modificar, aunque eso no implica que la ciudadanía no deba hacerse cargo de lo que le incumbe, ya que no solo gozamos de nuestros derechos, también tenemos obligaciones.

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Estos no son los políticos que necesitamos

Un diputado pone una gigantografía en plena sesión. Otro besa los pechos de su mujer en cámara. Otra reclama por la presencia de una diputada que hace ¡9 meses! que terminó su período… La gran mayoría de la clase política argentina da pena y son un fiel reflejo de por qué el país está como está.

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Escena 1: el diputado del Juntos por el Cambio, Esteban Bullrich, deja una gigantografía mientras sus compañeros de recinto hablan en las sesiones telemáticas que tantas discusiones trajeron. Se oculta detrás de la gigantografía para hacer otros quehaceres mientras debía estar trabajando.

Escena 2: el diputado del Frente de Todos, Juan Ameri, recibe a su esposa en su casa. Ella se sienta en su falda en plena sesión y el comienza a besar sus pechos con asombrosa fogosidad frente a la cámara.


Escena 3: la extitular del INADI, María Rachid, cuestionó el tratamiento que tuvo el papelón del diputado Ameri a los gritos y en televisión. En el fragor de la discusión, reclamó la ausencia de Elisa Carrió en las sesiones, ¡quien hace 9 meses! que ya no es diputada.

Los tres ejemplos sirven solamente para graficar escenas diarias de la gran mayoría de la clase política argentina. Personas con poca formación, de poco velo intelectual, que banalizan su trabajo y solamente buscan beneficios propios sin recordar que la política debe utilizarse como una herramienta de ayuda al prójimo.

Acaso por eso el país está cada vez peor. Por una clase dirigencial que no hace más que buscar el beneficio personal sin que nada le importe y que, además, no tiene el mas mínimo decoro en guardar un mínimo de respeto hacia quienes los pusieron en ese lugar. La clase política da vergüenza ajena. Y propia también.    

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Mercado Libre: ¿puede detener las estafas?

El robo de una computadora de 140.000 pesos a un joven que la había comprado por Mercado Libre desnudó los problemas de seguridad con los que convive la empresa durante los repartos. ¿Es posible controlarlos o se les fue de las manos

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“Invertí todos mis ahorros para comprar una computadora que me salió 140.000 pesos para la facultad y me estafaron. Me mandaron una botella de licor”. El mensaje de un usuario de Twitter denunciando, con dolor, desazón y tristeza, que fue estafado por mercado libre no hace más que alimentar el debate acerca de la confianza que generan las compras virtuales en Argentina.

La pandemia hizo que las compras por internet se disparen en los últimos seis meses y también las estafas. El ejemplo de este joven es simplemente uno de los tantos estafados que compraron teléfonos, computadoras y cualquier tipo de electrodoméstico.


¿Puede Mercado Libre terminar con las estafas? La respuesta es incierta. La empresa garantiza la entrega, aunque nada dice en torno al contenido. La relación vendedor-comprador-entrega se transformó en un dolor de cabeza cuando el producto no llega y la responsabilidad es difusa.

Más allá de eso, la empresa tiene como política devolver el dinero en caso de tener algún conflicto, aunque los reclamos muchas veces no llegan a buen puerto. ¿Le quita credibilidad a Mercado Libre cada uno de estos hechos?

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Rosario, entre la pandemia, la inseguridad y el humo

A los efectos de la pandemia en Rosario se les adhiere una ola de violencia descomunal, y un humo que continúa siendo irrespirable.

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El sosiego en Rosario es inviable. Amén de permanecer sometida a los vaienes epidemiológicos y sus secuelas, la ciudad continúa condicionada por la tremebunda inseguridad que es noticia cada día, y por el humo de las islas del Paraná, que no da tregua y damnifica tanto a los humanos como a la naturaleza. Son los 3 factores determinantes que incrementan la incertidumbre y la angustia.

En torno a la pandemia, la tercera ciudad más poblada de Argentina lleva reportados 13.115 contagios oficiales, en el marco de un sistema sanitario al borde del colapso, y con permanentes restricciones sociales. Apenas se puede salir a caminar y son variados los sectores que no pueden trabajar. En tanto, el rubro gastronómico implementa meramente los envíos a domicilio y el «take away».


Pero el coronavirus no es la única razón que pone en alerta a los ciudadanos a la hora de andar por la vía pública. En todo el 2020 hubo 150 homicidios. La última víctima se llamaba Sebastían Cejas, un muchacho de 38 años que fue baleado en la puerta del hospital Español, cuando esperaba, junto a su mamá, que su papá saliera de una sesión de diálisis. El «oso», como lo apodaban, es una víctima más de una sociedad violenta y despiadada.

Como si faltara más, las vías respiratorias de los rosarinos se ven afectadas por el humo que sigue surgiendo de las islas del Paraná. El asunto tomó dimensión nacional y pone en jaque al medio ambiente. En tanto, los incendios no cesan y más de 50 brigadistas prosiguen en búsqueda de aliviar la situación.

Resulta contraproducente, pero aunque se recomienda salir a correr para mejorar el sistema respiratorio, el humo lo damnifica, y a su vez, está prohibido con motivo de disminuir la circulación viral. O sea que la ciudad está entre la espada y la pared, inmersa en un contexto desfavorable y enrevesado, cuyo mejoramiento dependerá de un cúmulo de factores que deberán modificar sustancialmente la atroz realidad.

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